Nada más bonito que enamorarse cada día de la pareja, de la vida, de los que uno hace...
sábado, 11 de mayo de 2013
sábado, 22 de diciembre de 2012
LOS SUEÑOS QUE REALIZARÉ CUANDO TENGA TIEMPO PARA MI
Esta es la Carta
con la que gané el primer premio en el IX certamen literario de cartas, “NerjaMujer”,
convocado por la Concejalía de Igualdad del Excmo. Ayuntamiento de Nerja.
Domingo, 12 de Febrero,
2012
Querida Andrea:
Te preguntarás
por qué te escribo esta carta, habiendo teléfono, facebook, twiter y correo
electrónico. Lo hago así porque siento que es más personal, más íntimo, y además,
¡qué puñetas!, me hace ilusión. Ya sabes que siempre me gustó escribir, pero
que con el tiempo dejé de hacerlo, como tantas otras cosas…
El otro día, cuando
fui a tu casa, me comentaste que ya
habías comenzado con la quimioterapia. Llevabas puesta una minifalda vaquera y
una camiseta celeste, además de una peluca pelirroja y rizada que hacía
resaltar tus bonitos ojos verdes. Estabas tan bella, tan llena de ánimo, tan ilusionada… Tus
palabras expresaban una fuerza interior, fe en la vida y una serenidad que me
emocionaron. Recuerdo especialmente que me dijiste que te había tenido que
pasar esta enfermedad para tener tiempo para ti, ¡todo el del mundo!, y lo
equivocada que estabas antes, que te
creías imprescindible y, que te has dado cuenta que la vida continúa aunque tú
te pares.
¡Me alegré tanto
al oírte decir que ibas a impartir clases de costura en el Centro Campo Amor en
cuanto terminaras las sesiones de quimio! Ya sabes que siempre te animé a que
lo hicieras, pues tenías el título desde que cumpliste los veinte años, y para
lo único que te había servido hasta ahora era para ocupar un espacio en la
pared. Y lo del pelo rojo, Andrea, siempre
quisiste ser pelirroja, soñabas con ello, pero nunca te atreviste a pintártelo
así, por temor al qué dirán, a llamar demasiado la atención… Siempre has sido
tan tímida y has estado tan pendiente de lo que pensaran de ti los demás… Pues
mira por dónde ahora estás realizando tu sueño, y ¡vaya si estás guapa…! Además,
fue muy hermoso eso que me dijiste de
que ahora aprovechabas cada minuto de la vida, y qué nadie debería de esperar a que le sucediera
algo terrible para hacerlo.
Andrea, te agradará saber que te estoy haciendo caso. Lo primero que he hecho esta mañana ha sido
ponerme frente al espejo del cuarto de baño y me he regalado el tiempo de
observarme, pero no para sacarme los puntitos negros, las nuevas arrugas en la cara y todas esas
cosas que nos llaman tanto la atención para criticarnos, no, me he mirado como
no lo hacía desde no sé cuándo, y me he
sonreído; me he abrazado y luego me he
dicho: “Alejandra, tú vales mucho, eres una buena madre, esposa e hija, un ser
especial y una excelente persona, y te mereces un tiempo para ti y para
realizar tus sueños”. No te lo vas a
creer, Andrea, pero al decir eso, se me ha erizado toda la piel; ha sido como
si me subiese una sacudida de electricidad desde la punta de los pies hasta la
coronilla. No te negaré que hasta he llorado, pero Andrea, ha sido maravilloso,
algo único y tan mío e íntimo que aún no me lo puedo creer. Tras eso me he metido en la bañera y me he dado tiempo para mimarme como si fuese
una niña pequeña. Nada de darme los
restregones esos que casi nos desollamos la piel de tan rápido que queremos hacerlo para
terminar pronto, no, esta mañana me he pasado la esponja con delicadeza. Imagínate
que hasta hoy me levantaba con el estrés
ya pegado a las sábanas y me peinaba dándome tirones y arrancándome los pelos,
pensando en cientos de cosas a la vez, con los ojos medio cerrados y con la
otra mano subiendo la cremallera del vestido de mi hija; y si alguna vez abría los ojos y me miraba por
unos segundos lo mejor que me decía era: “¡Por Dios qué pelos tan horribles
tengo y qué ojeras más feas!”
Desde hoy he
decidido quererme. He comprendido gracias a ti que para realizar mis sueños tengo que ser una
persona más paciente y más relajada. Ahondaré
dentro de mí para conocerme mejor, aprenderé a escuchar el silencio, a
respirar. Antes hacía yoga, meditación y escribía. ¿Cuándo y por qué dejé todo eso?
Disfrutaré más de las cosas cotidianas, como por
ejemplo hacer la comida (ya sabes que antes asistía a clases de cocina exótica y vegetariana) era algo que me
encantaba, y mira tú, que desde hace mucho tiempo me pongo de mal humor cuando
hago el almuerzo. ¿Cómo he terminado odiando algo con lo que yo disfrutaba?
Andrea, voy a
retomar las clases de cocina.
Como bien me dijiste, me preguntaré qué cosas me hacen
feliz y me llenaré de ellas. Alimentaré mi mente de pensamientos positivos. Tienes
toda la razón del mundo afirmando que cuantas más cosas buenas atraigamos, más
dicha experimentaremos.
Dejaré de creer que soy indispensable. ¿Cuándo me
convertí en una maniática de la limpieza? ¿Recuerdas que siempre tenía un tira
y afloja con mi madre por cómo tenía mi cuarto de descuidado? En adelante seré
menos ordenada.
Me crearé tiempo libre. Pasearé a solas, practicaré el
silencio en vez de quedarme viendo la pantalla de la televisión sin prestar ni
tan siquiera atención a lo que dicen por estar con la cabeza en siete mil
cosas, regañando por todo a mis hijos y recogiendo su desorden. Ellos ya son mayores y se las pueden arreglar
perfectamente sin mí.
No me pasaré el tiempo pensando en lo que haré dentro de
cinco días, una semana o al mes siguiente. Antes, ni tú ni yo hacíamos planes
para nada y cada día era una sorpresa y una alegría. Qué razón tienes cuando
afirmas que no hay nada peor que estar dándole vueltas a todo constantemente.
Andrea, tú y yo vamos a quedar el sábado que viene
para a ir al spa y hacer un circuito de
esos con masaje incluido, y si el masajista es un chico guapo, mejor que mejor.
Voy a retomar los talleres de escritura, la
lectura a la orilla del mar, recibir la brisa fresca y sentir cómo se me ponen
los vellos de punta, y me estremezco y respiro hondo, para llenarme de energía
positiva y sonreír al cielo azul, a las olas cambiantes, al sol brillante, ese
milagro, ese hermoso sueño, que no me va a reportar más que media hora de mi
vida. ¿Qué día dejé de hacer esas cosas para mí?, como ir los fines de semana al cine, al centro
cultural a ver un espectáculo, a alguna exposición, conferencia o tertulia
sobre las mujeres o la escritura… Tú sabes que eso antes era algo normal en mi vida,
sin embargo, un día, no sé cual, todo
cambió y me volví una autómata que no ha hecho otra cosa que trabajar en mi
negocio, trabajar en casa, cuidar de los demás y un largo etcétera, que ha
convertido mi vida actual en un vivir para los demás y nada para mí misma.
Ahora estoy sentada frente a la ventana de mi
comedor y, mientras te escribo esta carta, veo el atardecer en silencio
disfrutando del espectáculo y el milagro que
son la naturaleza y la vida; además, tengo un folio al lado donde he
escrito una lista con todos los sueños que voy a realizar, y que había
pospuesto desde que dejé de cuidarme yo, para cuidar a los demás.
Gracias Andrea.
Me diste una lección de vida el otro día, sobre todo al recordarme esa frase
que yo había escrito de jovencita en mi
olvidado diario: “No esperes a que llegue el día para realizar tus sueños,
adelántate tú a él, porque mañana puede ser demasiado tarde”.
martes, 13 de diciembre de 2011
FOTO CON EL POETA Y PINTOR, RAMÓN FERNÁNDEZ
Foto realizada en el Mayarín, en Frigiliana, con el magnífico poeta, pintor y conferenciante, Ramón Fernández, que además es mi primo y actualmente reside en Alicante. Entre las muchas cosas le tengo que agradecer es ser mi amigo, mi consejero y haber pintado la portada de mi libro "PALABRAS TRENZADAS".
Ni que decir que soy una admiradora suya de todo cuanto realiza artísticamente.
domingo, 10 de abril de 2011
Entrega de premios, XII Certamen Relatos Cortos, Enrejados
El viernes 8 de Abril, se entregaron los premios del XII Certamen de Relatos Cortos, Enrejados, de la Asociación Cultural, la Aventura de Escribir, de la que soy socia fundadora.
Cuando la secretaria del jurado hizo lectura del acta, el corazón se me subió a la boca, pues nombró mi relato, "Transito", y sí, he ganado el segundo premio, cosa que me hace muy feliz y sobre todo, me anima a seguir en este mundo de la escritura.
Felicito desde aquí al ganador del primer premio, mi cuñado, Plácido Iranzo Acosta, con el relato, "Y Un Día". Plácido, es un gran escritor con dos novelas ya publicadas y que el viernes 18 de Abril, presentará la tercera novela, "Adelina, un cuento sin hada", les recomiendo que asistan a dicho acto de presentación que se realizará, en la Sala Mercado, aquí en Nerja, a las 21 horas.
El tercer premio lo ganó, Gadalupe Raminez, con el relato, "Valla con Dios".
TRANSITO
Las cuatro paredes blancas y vacías atrapan la luz de una única ventana con cristal grueso a prueba de golpes, algo que Transito ya ha comprobado en sus carnes o con algún objeto arrojadizo.
Rara vez habla con alguien, excepto con alguna enfermera, o con el médico tan guapo que la interroga cada semana, durante una hora. “Es un cabrón que me sonsaca, pero un cabrón que está buenísimo...”
Nacida en Torremolinos. Apenas conoció a su madre. Esta murió cuando ella tenía siete años. A esa edad tuvo que aprender a sacarse las castañas del fuego ella solita, pues su padre, día sí y día no, volvía borracho a casa. Cuanto cumplió los doce años, el padre comenzó a meterse en su cama. Entonces dejó de ser la niña sonriente, con mejillas sonrosadas que sacaba muy buenas notas y quería ser doctora. Engordó, terminó el colegio, y dejó de salir a la calle. Sus días eran una sucesión de horas aniquiladas a base de comerse todo lo que tenía a mano, hasta que las arcadas la impedían continuar. Pedía todo lo que necesitaba o se le antojaba por teléfono e internet. Las pocas ocasiones que el padre la sacó de casa fueron después de abortar dos veces en su propia cama, otra para sacarse el carnet de identidad, y ésta última...
Recuerda que todo sucedió un martes de tantos anodinos de su desabrida vida. Estaba en su diminuta cocina con olor a coliflor recocida, esperando que el microondas terminase de descongelar una pizza. Tenía el cuerpo de su padre aplastado contra ella. La empujó y la obligó a tumbarse sobre la mesa de la cocina bocarriba. A los quince años ya sabía bien lo que le esperaba, y además había aprendido que lo mejor era dejarle hacer. La resistencia acabó a los doce años y medio, cuando comprendió que de nada servía ni gritar, ni patalear, ni intentar cerrar las piernas… Mientras su padre le levantaba la falda y le arrancaba de un tirón las bragas, miraba como la pizza daba vueltas en el microondas; duró su padre lo que la pizza en hacerse. Cuando la dejó sola en la cocina, tenía la amargura pegada al paladar como un moco espeso, el desprecio hacia ella misma resbalando en cascada por sus mejillas, y la tremenda culpa de provocar en su padre tan bajos instintos... Aquel día no sabe cómo ni de dónde, y nunca llegará su mente a reconocerlo, agarró lo primero que encontró a mano. Un destornillador que su padre había dejado sobre la encimera. Salió como una autómata de la cocina con el destornillador empuñado con tal fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos, ya no sentía dolor, ya no sentía el aire entrar por su cuerpo a una velocidad descontrolada, ni las palpitaciones de su corazón, ni el riego sanguíneo que se infartó, como los minutos y segundos de un reloj agotado por los años. Se detuvo frente a su padre que estaba tranquilamente sentado en su sofá, viendo las noticias y le gritó: “¡Mátame!” y le mostró el destornillador, con el puño apretado, el brazo en tensión dibujando un ángulo recto. “¡Haz algo bueno por mí una vez en tu puta vida!” y le arrojó el destornillador con los ojos enrojecidos y desorbitados. “¡Mátame! Utiliza tus cojones para algo útil. Así dejaré de ser una tentación para ti, una provocación que te obliga a hacer lo que me haces, dejaré de ser la putita en que me he convertido…”
Lo demás ocurrió en cuestión de segundos…
Transito en el centro psiquiátrico se levanta con el timbre que anuncia el nuevo día. Se asea junto con las otras internas, y al mirarse en el gran espejo de los baños, ve a una desconocida que nunca llegó a ser niña con unas violentas ojeras, los labios fruncidos y despellejados, piel amarillenta y reseca más abajo del escote, allí donde habita una grieta, una fea cicatriz de un agujero que no fue lo suficientemente profundo como para cortar de raíz su asquerosa vida. “Ni matarme; ni eso fuiste capaz de hacer bien…”
Tras el desayuno comunal, asiste a algún tipo de clases o taller, luego ve la televisión, pasea por las salas de recreo o por el jardín sin interés ninguno, hasta que llega la hora del almuerzo. Después todo cambia, sobre todo desde que hace seis meses ellos aparecieron en su vida...
Era la hora de la siesta y aquel día no fue a descansar. Así que decidió vagabundear entre las salas de recreo, y aunque ya había pasado por allí ciento de veces, nunca se había detenido a mirar por la ventana, total, nada de fuera le interesaba.
El primero que descubrió Transito es un anciano largo, flaco y desgarbado, con una cabeza calva diminuta para unas orejas demasiado grandes. Viste una siempre eterna bata negra de la que sobresale el cuello blanco de una camisa desgastada. Transito, aquella tarde se pegó al cristal de la ventana para certificar que sus ojos no le engañaban, pero como no lograba distinguir bien al anciano, pidió que le dejaran unos prismáticos, cosa que le fue rechazada, por supuesto, aunque ella no paró de insistir; cosa que le costó varios encierros en la sala acolchada, hasta que una de las enfermeras se apiadó de la joven, y le trajo una tarde unos anteojos de plástico que su nieto había desechado hacía varios años.
Este anciano que ella bautizó con el apodo de “Maestro”, se pasa los días enteros al cuidado de seis muñecos. Todos con pantalones de peto gris y camisa blanca. Son del tamaño de un crío de dos años, de piel oscura, pelo negro y rizado. Los tiene sentados en unas sillitas rojas de madera, y les imparte lecciones durante la mañana y la tarde. Al medio día les pone baberos y seguidamente con todo el amor y paciencia del mundo, los alimenta con una papilla espesa que el mismo hace, y luego termina por comerse. Por las noches, les baña, les pone sus pijamas celestes, vuelve a darles la papilla, y los acuesta en dos camas. El se sienta en una butaca en medio de ambas, donde les lee un cuento, hasta que él mismo cae rendido en la butaca, donde amanece.
“Ojalá mi padre hubiese tenido la misma atención conmigo”, piensa cada vez que lo observa atendiendo a los muñecos.
A “Palillos” lo encontró un lunes. Es un hombre de pelo enmarañado, entre cano, con barba de varios meses sin recortar. Tiene una única ilusión y fijación en su vida, y es construir torres con palillos de dientes. Una vez que las tiene terminadas, las admira y acto seguido, les arrea golpes con los puños cerrados llenos de rabia, y a los pocos segundos ya no queda nada de lo que tardó en hacer varios días. Después de la destrucción pasa el hombre a un estado latente, se sienta en una butaca y se columpia en ella; de cuando en cuando, se detiene, se tira de los cabellos y se guantea la cara. Tras ese pase de violencia ocurre otro de aperreo continuo, en el cual mantiene un monólogo y gesticula con todo el cuerpo, hace continuos cortes de mangas y otros tipos de juegos de dedos y muñecas que cualquiera interpretaría como obscenos.
Hoy es domingo. Transito, en su rincón observa con sus prismáticos. Esta vez está viendo a “Alfombrilla”; una mujer de unos cincuenta años que un día fue rubia, pero ahora tiene el pelo de un color entre gris, amarillo añejo y marrón. No se lo lava y corta desde hace quince años; los que lleva encerrada en su piso desde que murió su único vínculo con el mundo, su madre. Las visitas que recibe son de los repartidores que le traen todo lo que ella lee y se le antoja de la guía de teléfonos. En los pasillos se acumulan filas y filas de cartones, bandejas de aluminio, plásticos, libros, revistas, ropa sucia e innumerables bolsas llenas de basuras; todas perfectamente alineadas y colocadas. Nada tira y nada reutiliza. Hace tres meses murió su gato, uno negro con motitas blancas. Era su única compañía; a quien hablaba, reía, lloraba y derrochaba su amor. Tras dos días de duelo, llamó a un taxidermista para que le disecara la piel del felino. Ahora, frente al televisor apagado, y sentada en su butaca, se pasa las horas acariciando la piel disecada del animal, con una amor y una ternura, que conmovería hasta las piedras.
Transito, está tan distraída viendo a “Alfombrilla”, que no ha advertido la presencia a su lado de una joven interna. Es gorda y bajita como Transito, pero tiene la cabeza diminuta rapada al cero y una larga cicatriz atravesándole parte del cráneo.
―¿Qué miras, Transito?
―Lo que a ti no te importa, Patro.
―¿Me dejas tus prismáticos?
―No me da la gana.
Y Patro se lanza a coger los prismáticos, los aferra con la mano derecha. Ambas forcejean y se golpean, gruñen, se revuelven, pero es tal la fuerza de la gordita calva que finalmente se los arrebata.
―Estarás contenta, Patro. Le has roto la correa.
―Ha sido culpa tuya, por no querer dejármelos.
Patro, se sienta en la silla donde antes estaba Transito y, con una sonrisa triunfante, comienza a mirar por los prismáticos. Toquetea una ruedecita que tiene en el centro, da la vuelta al juguete, los repasa por todos lados y vuelve a mirar por ellos. A los pocos minutos se remueve en la silla inquieta, luego menea la cabeza como afirmando, después inicia un movimiento del tronco hacia atrás y hacia adelante como una autómata. Finalmente suelta los prismáticos, mira a Transito y le dice:
―Tía, ¡Acojonan los de ahí fuera!
―¿Verdad qué sí? Pues ya me estás devolviendo los prismáticos.
A un lado de ambas está la enfermera que se apiadó de Transito y le regaló los prismáticos de su nieto. La viene observando desde hace seis meses. Justo el tiempo que lleva la joven mirando día a día por la ventana con el juguete. Y por más que mira al frente la enfermera, no ve más que el muro del centro psiquiátrico de ladrillos anaranjados, donde algunos ingresados han pintado cuatro churretes blancos y negros; garabatos que si se estruja mucho la cabeza le recuerdan a los que hacía su nieto cuando tenía dos años.
Transito, mira a la enfermera con el rabillo del ojo. Sabe que la vigila; incluido el psiquiatra tan guapo, al que ya tiene en el bote, sobre todo tras contarle en cada sesión, con pelos y señales, la vida del Maestro, Palillos y Alfombrilla. Transito, no llega a comprender, cómo la enfermera o el psiquiatra, no se dignan a mirar por los prismáticos para comprobar que es cierto lo que ella ve. Es más, si solo se limitaran a elevar la cabeza, verían a esas personas donde están; en el edificio situado a escasos metros pegado al muro del centro.
Aunque, Transito, en realidad prefiere que en el centro sigan en la ignorancia de esas personas; que la espíen, que piensen que tiene alucinaciones o que está loca de remate. Le interesa sobre todo no volver a la calle, a su diminuto piso de un barrio obrero lleno de basuras y perros abandonados, y mucho menos a la casa de su padre, ese mal nacido, que ojalá se pudra o se muera en la cárcel.
lunes, 23 de agosto de 2010
¡ANDA QUILLA!
Un atardecer de junio mientras languidecen las margaritas con los últimos rayos de sol, dos adolescentes, Meli y Merche, charlan de sus otras amigas, se pintorrean la cara, sacan ropa del armario y se la prueban frente al espejo, ponen posturas exageradas de modelos de pasarela. Bailan a ritmo del Canto del Loco, y mandan y reciben mensajes en sus móviles.
–Anda Quilla, ¿no tendrás un bollycao por ahí?-pregunta sin dejar de mirar la pantalla de su móvil.
–¡Qué te crees, Merche!, ¡que soy un supermercado!
–¡Venga, Meli!, ¿lo tienes o no?
Meli sale de su dormitorio y al instante vuelve con dos bollycaos.
–Ten, y no me vayas a pedir nada más. Que por tú culpa éste va a ser el segundo bollycao que me coma hoy.
–¿Se puede saber que mosca te ha picado? Llevas una semanita de lo más gilipollas conmigo.
–Es que estoy preocupá -dice y se sienta en su cama al lado de Merche.
–Y se puede saber que te ronda por esa cabeza de mosquita.
–Una pregunta.
–¿Sólo eso?
–Es que es grave.
–¡Qué exagerada eres! A ver, ¿Qué te pasa?
–Bueno… Esto… ¿tú crees que si se la chupas a un tío te quedas embarazada?
–¿Cómo?
–Pues eso, que si te quedas.
–Meli, ¿no me digas que tú…?
No hizo falta que respondiera. El sonrojo de su cara lo confirmó. Meli de pronto recordó aquella noche. Estaban Nacho y ella en la playa, sentados junto a unas rocas, se besaban y se acariciaban. Entonces entre gemidos de placer Nacho se lo pidió. Ella sintió una mezcla de deseo, pudor y curiosidad. Nunca había llegado hasta tan lejos con él ni con nadie. Pero quería complacer a Nacho. Además, pensó que si no lo hacía, a lo mejor dejaba de quererla o le daba a entender que no le quería lo suficiente. Así que lo hizo. Le dieron arcadas, se sintió fatal, pero no le dijo nada a Nacho. Temía que se riera de ella.
–¿Meli?, ¿te encuentras bien?- preguntó Merche al ver a su amiga llorosa.
–Es que hay otra cosa- confesó entre sollozos.
–¿Qué cosa?
–Pues que se corrió dentro.
–¿Cómo que dentro?
–Si. En mi boca.
–¡Qué fuerte, tía!
–Entonces ¿Estoy embarazada?
–Y ¡yo qué sé, Meli!
–Mira, Merche, le he estado dando vueltas a la cosa y he pensado que podría llamar a ese número que dice la tele que hay para preguntar sobre sexo.
–Claro y cuando te pidan tu nombre y tu edad ¿qué les vas a decir?
–Yo tenía pensado mentirles, o sea, les diré que tengo quince años, ¿qué te parece?
–No sé… No sé… No me fío y ¿si lo preguntamos en Internet, en un chat?
–Oye, pues no es mala idea.
–¿Cuánto tiempo hace?
–¿De qué?
–Anda quilla, de qué va a ser… ya sabes…
–¡Ah!, hace dos semanas- dice y de pronto se pone pálida.
–¿Qué te pasa, Meli?
–No sé, creo que el bollycao me ha sentado mal- y se masajea la barriga- Por cierto, Merche, tú esto ni mu a nadie, ni mensajes ni nada de nada, que te conozco.
–Meli, ¡a qué me enfado!
–Está bien. Salgo un momento al baño y luego seguimos hablando.
Merche aprovechando que se ha quedado sola, coge el móvil y comienza a enviar mensajes a todo el mundo. De pronto oye gritar a Meli y sale corriendo de la habitación.
-¿Meli, qué te pasa?, ¡ábreme y no me asustes!- dice aporreando la puerta del cuarto de baño.
–¡Qué alegría!, ¡qué alegría, Merche!- grita abriendo la puerta y mostrando como si fuese un trofeo un trocito de papel con una manchita roja- ¡que no, Merche!, ¡que no estoy embarazá!
–Por los pelos Meli, por los pelos te has salvao.
martes, 10 de agosto de 2010
TIRATE UN FAROL
Mariano y yo apuramos la última copa de la noche. El puticlub a estas horas de la madrugada a penas tiene clientes, bueno, estamos nosotros dos, pero como si no lo fuéramos. Ya hemos consumido la carne fresca de la Sobiética y la metralla ya no está para tirar más petardos.
Uno tiene que ser consciente de su edad y saber que ya está bajo mínimos, y debe de esperar unos diítas para poder volver a la carga. Y el que diga lo contrario es que se está tirando un farol.
Como el que me acaba de relatar Mariano. Mira que presumir de que se ha ligado a Cifuentes, nada menos que Cifuentes, nuestra jefa de personal. Con lo buena que está la Jefa, y Mariano me acaba de confesar tras ocho güisquis que hace dos noches se la tiró, y encima en el apartamento de ella, vamos, como si fuera tan fácil ligarse a la jefa, y nada menos que ella sea la que te invite a su apartamento.
Si no hay más que mirarte Mariano, con esa calva, esos ojos de sapo, esa papada y esa barriga fofa de piel mortecina; esa lengua babosa y esa nariz gorda y enrojecida, ¿Qué tía va a querer ligar contigo, si no es previo pago? Y ni aún, que cuando vamos de putas como hoy, hasta ellas te dan largas y siempre te tienes que conformar con la más fea.
-Te lo juro, Paco, palabrita del niño Jesús, que me tiré a la Cifuentes. Bueno, rectifico, fue ella la que me ligó. El viernes pasado se me puso insinuante, como te lo digo, estaba yo haciendo unas fotocopias y ella se me pone a un lado, me sonríe, me enseña esa boquita de piñones, me habla, ¿entiendes?, ¡me habla!, no me ordena, ni me insulta, ni me dice lo que debo o no debo hacer..., y cómo, dónde y cuándo quiere esto o aquello, ¡no!, me habla de tú a tú, como dos colegas, como dos amigos, y me suelta un rollo de las cosas que le gusta y que no le gustan, y me roza el brazo y el muslo, y me pone una mano en el hombro, y siento sus pechos duros en mi brazo…, y a mí que comenzaron a darme los siete ataques, y sobre todo un calentón que intenté simular, porque claro, es la jefa, y yo no sabía en esos momentos si agarrarla por la cintura, pegarla a la fotocopiadora y meterle mano a ese par de tetas gordas, o pedir disculpas y salir de allí cuanto antes…, en esas me debatía cuando Cifuentes me propuso ir a su apartamento por la tarde, pues quería que yo le revisara unos expedientes que eran de suma importancia, que no tenía tiempo en la oficina para ello, y me necesitaba, ¿me oyes?, ¡me necesitaba! Y dijo estas últimas palabras la mar de despacito en mi oído. ¿Qué hubieses hecho tú en mi lugar?, pues asentir como yo hice y cagarme en mis muertos, porque de seguro si la cosa salía mal al día siguiente tendría en mi mesa el finiquito. Como te digo, hace dos tardes, me puse mis mejores galas, me afeité y me perfumé. Le llevé un ramo de flores, no de rosas rojas, no fuera que yo hubiese entendido mal el mensaje y me diera con la puerta en las narices, sin haberle si quiera catado el sabor de sus labios. Estaba yo hecho un flan cuando ella abrió la puerta. ¡No te lo vas a creer!, iba con una camiseta ajustadísima, que señalaban sus pezones tiesos y unos pantalones vaqueros cortitos, pero cortitos, zapatillas blancas y una coleta recogida con un lazo blanco…. Me regaló una sonrisa de las que quitan el sentido de todas las partes del cuerpo excepto la que tú ya sabes… Me llevó al salón, y sobre la mesa no había ni papeles, ni expedientes..., había una pequeña fuente de cristal llena de fresas con nata, una botella de güisqui y dos copas… Comimos, bebimos, reímos y bailamos lentos. Ella de pronto me besó, hurgó en mi boca, como buscando algo, y debió de hallarlo porque al instante metió mano a mi bragueta y ya no paramos de besarnos, mordernos y acariciarnos hasta las cinco de la mañana, que me despidió toda desmadejada y borracha… Lo demás ya lo sabes…
Yo sonrío, miro a mi amigo a la cara y digo:
-¡Anda, Mariano, tírate otro farol, que el de la jefa que se tira al subalterno está ya muy manido!
martes, 6 de abril de 2010
PALABRAS LIQUIDAS
Cuando Andros llegó a la orilla del mar egeo, al borde del azulado y brillante océano, se detuvo y lloró palabras líquidas.
Sí, lo había perdido todo. La batalla había terminado, y él cobarde, había huido ante la derrota. Debió matarse allí en el campo de batalla, luchando con el que más, como el guerrero, como el hombre, el joven y el niño que había sido instruido desde el día de su quinto cumpleaños que le fue regalada una daba, y tomó sus primeras clases de manos de Tesión, el que fue su maestro hasta los quince años, cuando comenzó su carrera militar y luego su ascensión hasta comandante de las tropas Helenas.
¿Por qué esta huida?, ¿por qué esta cobardía?¿en qué había cambiado? ¿qué hechizo , embrujo o maleficio le habían hecho para haberse comportado así?
Andros, se torturaba una y otra vez frente al mar que le escupía salivas blancas y le hacían sentir culpable, cobarde y sucio.
Las palabras líquidas recorrían sus mejillas, acaso ellas, esas palabras líquidas sabían los motivos de su huida, de su derrota, de su falta de honor en la batalla.
Andros, se despojó de todos sus aderezos, el escudo, la espada, el casco, el cinturón, hasta el taparrabos, y se quedó desnudo.
Invocó ayuda y clemencia a todos los dioses del Olimpo, y cuando estuvo preparado, se roció de aceites todo su cuerpo. Agarró una rama ardiendo. Y se encendió en llamas.
El fuego consumió sus últimas palabras líquidas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



