lunes, 18 de enero de 2016

Aquí estoy con la nueva novela de mi querido primo Ramón Palmeral, gran poeta, excelente escritor y magnífico pintor.  EL CAZADOR DEL ARCOIRIS, un libro que os recomiendo su lectura, está disponible en Amanzón, (http://www.amazon.es/El-cazador-del-arco-iris/dp/1517221919) y también en la Librería Europa aquí en Nerja. 
En la novela se retrata de manera magistral una saga familiar, escrito una prosa pujante y de una desbordante creatividad, donde aparecen personajes inolvidables que no nos deja indiferentes, anécdotas entrañables y reflexiones de la vida. 
Muchísimas gracias y felicitaciones por tu nueva novela, Ramón. Un gran abrazo. Emoticono heart Emoticono heart

lunes, 11 de mayo de 2015

Os presento el relato con el que he ganado el primer accésit del XVI concurso de relatos cortos, "Cosa de Locos" de la Asociación Cultural La Aventura de Escribir.

Foto de la entrega de premios.
EL CABO

Mi nombre es Carlos García, tengo diecinueve años y soy estudiante de Bellas Artes en Málaga.  Me hospedo en una pensión barata cerca del puerto. No es un lugar de esos donde las putas llevan a sus clientes, sino una casa grande de muebles apolillados y cuadros oscuros, llevado con limpieza de hospicio por sus dueños, un matrimonio rico venido a menos. En la pensión los inquilinos suelen durar poco, pues la mayoría son emigrantes o gente de paso, exceptuándome a mí y  un anciano al que llaman “el Cabo”, que ocupa la habitación contigua a la mía.
El Cabo es un hombre grande, feo y desgarbado, de cara amplia y pálida que amarillea en las mejillas. Cojea de la pierna izquierda, por lo visto había sido soldado, pero cayó en desgracia por un “accidente laboral”, que queda algo oscuro en boca de mi casera. Lleva trajes grises con camisa blanca, y un bastón de madera negra con empuñadura de plata en forma de garra de león, cosa que le da un toque de distinción a pesar de su corpulencia.
Es un viejo silencioso y solitario que se queda en el bar de la esquina hasta bien entrada la madrugada, donde yo suelo ir algunas noches a tomar unas cervezas. El Cabo bebe largos tragos de aguardiente uno tras otro. Algunas veces me ha mirado al cruzarnos en el bar o en el pasillo de la pensión, dejándome la sensación de que quiere decirme algo. Nunca nos habíamos causado el menor problema, hasta esta noche, claro…
Tras las clases en la universidad, hoy he llegado a la pensión más allá de las cinco de la tarde, cabreado. Arrojé los libros sobre el escritorio y me preparé un vaso con ron y zumo de naranja, para animarme, y como no lo conseguí me hice un par más, hasta que me tumbé sobre el colchón adormilado.
No sé cuánto tiempo habría pasado cuando oí aquellos inquietantes golpes en la puerta, secos y contundentes. Primero pensé que eran producto de mi imaginación, pero a los pocos segundos los golpes seguían allí tan persistentes como al principio. Me incorporé y a tientas me dirigí hacia la puerta. Me dolía la cabeza y en la boca sentía un amargo sabor a naranjas podridas.
Abrí la puerta y me sorprendió lo que vi. Era mi vecino el Cabo. Esgrimía el bastón en alto, desafiante, los ojos ensangrentados y un aliento a aguardiente barato con el que me dijo:
-¡Chaval, hoy estás de suerte!
-¿Cómo dice?
-¡Que hoy es tu gran día! Te voy a invitar a una copa en mi cuchitril -y dicho esto, me agarró del brazo con una presión tal que pensé que me lo arrancaría.
Yo le insistía en que me había sacado de la cama y estaba francamente cansado. Pero el Cabo me propinó un empujón, lanzándome al interior de su habitación, seguido de un “pasa hombre”, que no pude rechazar.
El dormitorio estaba iluminado únicamente por la lamparilla de la mesita de noche. En el aire había un olor a alcanfor y a añejo que me revolvió las tripas.
-Oiga, lo siento, pero no me encuentro bien -insistí, y tras decir aquello, el Cabo me gritó con asombrosa autoridad:
-¡Siéntate en esa silla, soldado! ¿Es que no has oído mi orden? ¿Por qué me miras con esa cara de pánfilo?
Me quedé petrificado, incapaz de articular palabra.
-¡Te ordeno que te sientes! -insistió, y acto seguido me cogió por los hombros y me obligó a sentarme.
El Cabo sacó de su armario una botella de anís del Mono y dos copas pequeñas.
-Ahora vamos a ver de qué madera estás hecho -dijo, y sirvió dos tragos.
A mí nunca me ha gustado el aguardiente, y menos a palo seco, pero hice de tripas corazón y me lo bebí de un solo trago. Pensé que así me dejaría tranquilo y podría marcharme cuanto antes, pero para mi disgusto volvió a llenarlos de nuevo.
-¡Venga, de un golpe, soldado! -gritó y añadió- ¡Por todos mis muertos!
El segundo trago me quemó la garganta. El Cabo quiso volver a llenar, pero yo puse la mano sobre la copa en señal de que ya había tenido bastante, y cuando hice intención de levantarme, mi vecino me clavó sus dos ojos negros. Eran tan enormes y tenían un brillo tan repulsivo que tuve que apartar la mirada de ellos.  Sentía mi corazón agitado y un rubor extraño en las mejillas.
-¿Es que no te han enseñado modales, soldado?
-¡Yo no soy su soldado!
-Tienes razón, pero al menos por respeto a mi edad no deberías rechazar mi compañía -me dijo tan apesadumbrado que sentí lástima. Pensé que en el fondo  no era más que un anciano loco y solitario que buscaba alguien con quien hablar.
El Cabo volvió a su armario, rebuscó y sacó un maletín negro, regresando junto a mí con un paso firme de militar que me angustió. “La cojera es una farsa”, pensé, y se me erizó la piel. “¿Qué pretende de mí? ¡Este tío está loco!” Sentí un leve mareo, producto sin duda del aguardiente ingerido. La habitación comenzó a darme vueltas… ¿Qué había en la mirada y la voz de aquel viejo que me tenía paralizado en la silla?
El Cabo depositó sobre mis rodillas el maletín negro, que por cierto era bastante pesado. Mientras lo abría, un sentimiento de pánico se apoderó de mí y comencé a imaginar que en el interior de aquel maletín habría toda clase de instrumentos de tortura. “Me va a degollar, me va a apalear con la garra de león del bastón hasta hacerme reventar los sesos…”
-Cierra los ojos, chico. Te voy a dar una sorpresa tal que jamás la olvidarás en tu vida -me dijo, y yo, como un niño obediente, así lo hice.
¿Por qué no salí corriendo? ¿Por qué no grité auxilio? Él era un viejo loco borracho y yo… ¿Yo? ¡Un débil ¡Un estúpido! Mi padre siempre me lo decía: Carlos, eres demasiado sensible, te van a dar de hostias por todos lados como no te espabiles.
El Cabo, para mi asombro, con una gran rapidez y destreza me ató las manos a la espalda de la silla.
-¿Pero qué hace usted? -pregunté removiéndome en la silla- ¡Esto será una broma! ¿no?
El viejo me arreó una hostia que me desencajó parte de la mandíbula. Sentí que me ardía la mejilla izquierda y un chorrito de sangre comenzó a fluir por mi labio inferior. La habitación comenzó a dar vueltas y vueltas, sentí náuseas y pensé que si vomitaba me ahogaría en mis propios vómitos.
-Tranquilo, chaval, si ahora viene lo mejor -me susurró al oído mostrándome un revólver.
Comencé a temblar, a balbucear súplicas y ruegos, como cuando era niño y mi padre me zurraba con la correa.  Recuerdo un silencio denso y espantoso. El Cabo fue pasando la punta del frío revolver por mi cabeza y mi mejilla izquierda, luego descendió por el cuello, hasta llegar a mi agitado pecho. Entonces de un empujón me arrojó al suelo. Caí de lado y antes de que pudiera reaccionar ya lo tenía pegado sobre mi espalda. Pegué un alarido con la esperanza de que alguien me oyera, pero aquello, lejos de ayudarme, fue peor. Cuanto más le lloraba y suplicaba, más se excitaba. De pronto sentí que el aire me faltaba y desde el fondo de mis entrañas un rojo, un morado, un negro abismo se abrió ante mis ojos.
El Cabo acercó su cara babosa a la mía, el revolver lo tenía pegado a mi costado derecho.
-¿No sientes cómo te sube la adrenalina? ¿No tienes el corazón alterado, las venas a punto de estallar? ¡Es el espasmo del placer, chico! ¡Este es tu gran día, en el que te voy a hacer un hombre hecho  y derecho! -gritó, y pasó su lengua blanda por mi oreja.
Apreté los puños, me revolví y, Dios sabe cómo, le propiné un rodillazo en la entrepierna y el Cabo se retorció de dolor.
-¡Cabrón! -grité, y todo rabioso le pateé hasta que me agoté. Su cuerpo quedó inerte, mudo y pesado en el suelo como un gran saco de patatas.
Volvió entonces el silencio, aterrador y pesado. Le pegué una patada al revólver, que estaba en el suelo junto al Cabo, y luego me puse encima de él y  lo zarandeé con rabia, con ira y desprecio, hasta que comprobé que estaba inconsciente.  Entonces caí a su lado y el aire nuevamente se congestionó en mis pulmones, no queriendo salir. Todo se volvió rojo, morado, la habitación daba vueltas y más vueltas… Y ya no recuerdo más, sólo que llegó la policía alertada por la dueña de la pensión.
En su declaración, la señora dijo que se asustó mucho al oír gritos y golpes en la habitación de un anciano que jamás había dado un ruido, pensó que le estarían robando.
Me han hecho una revisión médica los de la ambulancia que vinieron a socorrer al Cabo, pues a éste le ha dado un infarto. Ahora estoy en la sala de interrogatorios de la policía. El sargento me ha leído la extensa declaración de la dueña de la pensión y luego ha escrito a máquina todo cuanto yo le he relatado.
-¿Tiene algo más que decir, Carlos? -me pregunta el policía.
-No. Eso es todo.
El sargento se levanta, me ofrece un cigarrillo y  yo se lo agradezco. Necesitaba fumar.
-Carlos, para tu información, la pistola es de juguete, de ésas que venden en cualquier tienda de todo a un euro, y en el maletín negro sólo había un montón de revistas pornográficas.
-¿Puedo ir al cuarto de baño? Estoy mareado -le suplico, levantándome a duras penas.
-Está bien.
 Nada más entrar en el baño me miro en un espejo. No me reconozco. Tengo dos bolsas negras bajo mis ojos violentados llenos de rabia. Un sarpullido extraño ha invadido mis mejillas. Me tapo la cara con las manos.
-Joder -me digo- ¿Cómo he podido caer tan bajo, dejándome llevar por el pánico y por un anciano loco?
Ya no deseo la muerte del Cabo, pero sí que se pase lo que le queda de vida encerrado en un manicomio.
  Vuelvo a mirarme al espejo y pienso que voy a necesitar algo más que unos cuantos vasos de ron con zumo de naranja para poder conciliar el sueño esta maldita noche.



martes, 5 de noviembre de 2013

Hoy tengo ganas de ti

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sábado, 11 de mayo de 2013

Enamorarse, Ana Reverte

Nada más bonito que enamorarse cada día de la pareja, de la vida, de los que uno hace...


sábado, 22 de diciembre de 2012

LOS SUEÑOS QUE REALIZARÉ CUANDO TENGA TIEMPO PARA MI


Pintura cedida por; Ramón Fernández, Palmeral


Esta es la Carta con la que gané el primer premio en el IX certamen literario de cartas, “NerjaMujer”, convocado por la Concejalía de Igualdad del Excmo. Ayuntamiento de Nerja.

                                                           Domingo, 12 de Febrero, 2012


Querida Andrea:

            Te preguntarás por qué te escribo esta carta, habiendo teléfono, facebook, twiter y correo electrónico. Lo hago así porque siento que es más personal, más íntimo, y además, ¡qué puñetas!, me hace ilusión. Ya sabes que siempre me gustó escribir, pero que con el tiempo dejé de hacerlo, como tantas otras cosas…

            El otro día, cuando fui a tu casa,  me comentaste que ya habías comenzado con la quimioterapia. Llevabas puesta una minifalda vaquera y una camiseta celeste, además de una peluca pelirroja y rizada que hacía resaltar tus bonitos ojos verdes. Estabas tan bella,  tan llena de ánimo, tan ilusionada… Tus palabras expresaban una fuerza interior,  fe en la vida y una serenidad que me emocionaron. Recuerdo especialmente que me dijiste que te había tenido que pasar esta enfermedad para tener tiempo para ti, ¡todo el del mundo!,  y  lo equivocada que estabas antes,  que te creías imprescindible y, que te has dado cuenta que la vida continúa aunque tú te pares.

            ¡Me alegré tanto al oírte decir que ibas a impartir clases de costura en el Centro Campo Amor en cuanto terminaras las sesiones de quimio! Ya sabes que siempre te animé a que lo hicieras, pues tenías el título desde que cumpliste los veinte años, y para lo único que te había servido hasta ahora era para ocupar un espacio en la pared. Y lo del pelo rojo, Andrea,  siempre quisiste ser pelirroja, soñabas con ello, pero nunca te atreviste a pintártelo así, por temor al qué dirán, a llamar demasiado la atención… Siempre has sido tan tímida y has estado tan pendiente de lo que pensaran de ti los demás… Pues mira por dónde ahora estás realizando tu sueño, y ¡vaya si estás guapa…! Además, fue muy hermoso  eso que me dijiste de que ahora aprovechabas cada minuto de la vida,  y qué nadie debería de esperar a que le sucediera algo terrible para hacerlo.

Andrea, te agradará saber que te estoy haciendo caso.  Lo primero que he hecho esta mañana ha sido ponerme frente al espejo del cuarto de baño y me he regalado el tiempo de observarme, pero no para sacarme los puntitos negros,  las nuevas arrugas en la cara y todas esas cosas que nos llaman tanto la atención para criticarnos, no, me he mirado como no lo hacía desde no sé cuándo, y  me he sonreído;  me he abrazado y luego me he dicho: “Alejandra, tú vales mucho, eres una buena madre, esposa e hija, un ser especial y una excelente persona, y te mereces un tiempo para ti y para realizar tus sueños”.  No te lo vas a creer, Andrea, pero al decir eso, se me ha erizado toda la piel; ha sido como si me subiese una sacudida de electricidad desde la punta de los pies hasta la coronilla. No te negaré que hasta he llorado, pero Andrea, ha sido maravilloso, algo único y tan mío e íntimo que aún no me lo puedo creer.  Tras eso me he metido en la bañera  y me he dado tiempo para mimarme como si fuese una niña pequeña.  Nada de darme los restregones esos que casi nos desollamos la piel  de tan rápido que queremos hacerlo para terminar pronto, no, esta mañana me he pasado la esponja con delicadeza. Imagínate que hasta hoy me levantaba  con el estrés ya pegado a las sábanas y me peinaba dándome tirones y arrancándome los pelos, pensando en cientos de cosas a la vez, con los ojos medio cerrados y con la otra mano subiendo la cremallera del vestido de mi hija;  y si alguna vez abría los ojos y me miraba por unos segundos lo mejor que me decía era: “¡Por Dios qué pelos tan horribles tengo y qué ojeras más feas!”

 Desde hoy he decidido quererme. He comprendido gracias a ti  que para realizar mis sueños tengo que ser una persona más paciente y más relajada.  Ahondaré dentro de mí para conocerme mejor, aprenderé a escuchar el silencio, a respirar. Antes hacía yoga, meditación y escribía. ¿Cuándo y por qué dejé todo eso?

Disfrutaré más de las cosas cotidianas, como por ejemplo hacer la comida (ya sabes que antes asistía a clases de cocina  exótica y vegetariana) era algo que me encantaba, y mira tú, que desde hace mucho tiempo me pongo de mal humor cuando hago el almuerzo. ¿Cómo he terminado odiando algo con lo que yo disfrutaba?

 Andrea, voy a retomar las clases de cocina.

Como bien me dijiste, me preguntaré qué cosas me hacen feliz y me llenaré de ellas. Alimentaré mi mente de pensamientos positivos. Tienes toda la razón del mundo afirmando que cuantas más cosas buenas atraigamos, más dicha experimentaremos.

Dejaré de creer que soy indispensable. ¿Cuándo me convertí en una maniática de la limpieza? ¿Recuerdas que siempre tenía un tira y afloja con mi madre por cómo tenía mi cuarto de descuidado? En adelante seré menos ordenada.

Me crearé tiempo libre. Pasearé a solas, practicaré el silencio en vez de quedarme viendo la pantalla de la televisión sin prestar ni tan siquiera atención a lo que dicen por estar con la cabeza en siete mil cosas, regañando por todo a mis hijos y recogiendo su desorden.  Ellos ya son mayores y se las pueden arreglar perfectamente sin mí.

No me pasaré el tiempo pensando en lo que haré dentro de cinco días, una semana o al mes siguiente. Antes, ni tú ni yo hacíamos planes para nada y cada día era una sorpresa y una alegría. Qué razón tienes cuando afirmas que no hay nada peor que estar dándole vueltas a todo constantemente.

Andrea, tú y yo vamos a quedar el sábado que viene para a ir al spa y  hacer un circuito de esos con masaje incluido, y si el masajista es un chico guapo, mejor que mejor.

             Voy a retomar los talleres de escritura, la lectura a la orilla del mar, recibir la brisa fresca y sentir cómo se me ponen los vellos de punta, y me estremezco y respiro hondo, para llenarme de energía positiva y sonreír al cielo azul, a las olas cambiantes, al sol brillante, ese milagro, ese hermoso sueño, que no me va a reportar más que media hora de mi vida. ¿Qué día dejé de hacer esas cosas para mí?,  como  ir los fines de semana al cine, al centro cultural a ver un espectáculo, a alguna exposición, conferencia o tertulia sobre las mujeres o la escritura… Tú sabes que eso antes era algo normal en mi vida, sin embargo, un día, no sé  cual, todo cambió y me volví una autómata que no ha hecho otra cosa que trabajar en mi negocio, trabajar en casa, cuidar de los demás y un largo etcétera, que ha convertido mi vida actual en un vivir para los demás y nada para mí misma.

             Ahora estoy sentada frente a la ventana de mi comedor y, mientras te escribo esta carta, veo el atardecer en silencio disfrutando del espectáculo y el milagro que  son la naturaleza y la vida; además, tengo un folio al lado donde he escrito una lista con todos los sueños que voy a realizar, y que había pospuesto desde que dejé de cuidarme yo, para cuidar  a los demás.

            Gracias Andrea. Me diste una lección de vida el otro día, sobre todo al recordarme esa frase que yo había escrito  de jovencita en mi olvidado diario: “No esperes a que llegue el día para realizar tus sueños, adelántate tú a él, porque mañana puede ser demasiado tarde”.

martes, 13 de diciembre de 2011

FOTO CON EL POETA Y PINTOR, RAMÓN FERNÁNDEZ



Foto realizada en el Mayarín, en Frigiliana, con el magnífico poeta, pintor y conferenciante, Ramón Fernández, que además es mi primo y  actualmente reside en Alicante. Entre las muchas cosas le tengo que agradecer es ser mi amigo, mi consejero y haber pintado la portada de mi libro "PALABRAS TRENZADAS".
Ni que decir que soy una admiradora suya de todo cuanto realiza artísticamente.

domingo, 10 de abril de 2011

Entrega de premios, XII Certamen Relatos Cortos, Enrejados



El viernes 8 de Abril, se entregaron los premios del XII Certamen de Relatos Cortos, Enrejados, de la Asociación Cultural, la Aventura de Escribir, de la que soy socia fundadora.
Cuando la secretaria del jurado hizo lectura del acta, el corazón se me subió a la boca, pues nombró mi relato, "Transito", y sí, he ganado el segundo premio, cosa que me hace muy feliz y sobre todo, me anima a seguir en este mundo de la escritura.

Felicito desde aquí al ganador del primer premio, mi cuñado, Plácido Iranzo Acosta, con el relato, "Y Un Día". Plácido, es un gran escritor con dos novelas ya publicadas y que el viernes 18 de Abril, presentará la tercera novela, "Adelina, un cuento sin hada", les recomiendo que asistan a dicho acto de presentación que se realizará, en la Sala Mercado, aquí en Nerja, a las 21 horas.

El tercer premio lo ganó, Gadalupe Raminez, con el relato, "Valla con Dios".






TRANSITO
 

Las cuatro paredes blancas y vacías atrapan la luz de una única ventana con cristal grueso a prueba de golpes, algo que Transito ya ha comprobado en sus carnes o con algún objeto arrojadizo.
Rara vez habla con alguien, excepto con alguna enfermera, o con el médico tan guapo que la interroga cada semana, durante una hora. “Es un cabrón que me sonsaca, pero un cabrón que está buenísimo...”
Nacida en Torremolinos. Apenas conoció a su madre. Esta murió cuando ella tenía siete años. A esa edad tuvo que aprender a sacarse las castañas del fuego ella solita, pues su padre, día sí y día no, volvía borracho a casa. Cuanto cumplió los doce años, el padre comenzó a meterse en su cama. Entonces dejó de ser la niña sonriente, con mejillas sonrosadas que sacaba muy buenas notas y quería ser doctora. Engordó, terminó el colegio, y dejó de salir a la calle. Sus días eran una sucesión de horas aniquiladas a base de comerse todo lo que tenía a mano, hasta que las arcadas la impedían continuar. Pedía todo lo que necesitaba o se le antojaba por teléfono e internet. Las pocas ocasiones que el padre la sacó de casa fueron después de abortar dos veces en su propia cama, otra para sacarse el carnet de identidad, y ésta última...
Recuerda que todo sucedió un martes de tantos anodinos de su desabrida vida. Estaba en su diminuta cocina con olor a coliflor recocida, esperando que el microondas terminase de descongelar una pizza. Tenía el cuerpo de su padre aplastado contra ella. La empujó y la obligó a tumbarse sobre la mesa de la cocina bocarriba. A los quince años ya sabía bien lo que le esperaba, y además había aprendido que lo mejor era dejarle hacer. La resistencia acabó a los doce años y medio, cuando comprendió que de nada servía ni gritar, ni patalear, ni intentar cerrar las piernas… Mientras su padre le levantaba la falda y le arrancaba de un tirón las bragas, miraba como la pizza daba vueltas en el microondas; duró su padre lo que la pizza en hacerse. Cuando la dejó sola en la cocina, tenía la amargura pegada al paladar como un moco espeso, el desprecio hacia ella misma resbalando en cascada por sus mejillas, y la tremenda culpa de provocar en su padre tan bajos instintos... Aquel día no sabe cómo ni de dónde, y nunca llegará su mente a reconocerlo, agarró lo primero que encontró a mano. Un destornillador que su padre había dejado sobre la encimera. Salió como una autómata de la cocina con el destornillador empuñado con tal fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos, ya no sentía dolor, ya no sentía el aire entrar por su cuerpo a una velocidad descontrolada, ni las palpitaciones de su corazón, ni el riego sanguíneo que se infartó, como los minutos y segundos de un reloj agotado por los años. Se detuvo frente a su padre que estaba tranquilamente sentado en su sofá, viendo las noticias y le gritó: “¡Mátame!” y le mostró el destornillador, con el puño apretado, el brazo en tensión dibujando un ángulo recto. “¡Haz algo bueno por mí una vez en tu puta vida!” y le arrojó el destornillador con los ojos enrojecidos y desorbitados. “¡Mátame! Utiliza tus cojones para algo útil. Así dejaré de ser una tentación para ti, una provocación que te obliga a hacer lo que me haces, dejaré de ser la putita en que me he convertido…”
Lo demás ocurrió en cuestión de segundos…
Transito en el centro psiquiátrico se levanta con el timbre que anuncia el nuevo día. Se asea junto con las otras internas, y al mirarse en el gran espejo de los baños, ve a una desconocida que nunca llegó a ser niña con unas violentas ojeras, los labios fruncidos y despellejados, piel amarillenta y reseca más abajo del escote, allí donde habita una grieta, una fea cicatriz de un agujero que no fue lo suficientemente profundo como para cortar de raíz su asquerosa vida. “Ni matarme; ni eso fuiste capaz de hacer bien…”
Tras el desayuno comunal, asiste a algún tipo de clases o taller, luego ve la televisión, pasea por las salas de recreo o por el jardín sin interés ninguno, hasta que llega la hora del almuerzo. Después todo cambia, sobre todo desde que hace seis meses ellos aparecieron en su vida...
Era la hora de la siesta y aquel día no fue a descansar. Así que decidió vagabundear entre las salas de recreo, y aunque ya había pasado por allí ciento de veces, nunca se había detenido a mirar por la ventana, total, nada de fuera le interesaba.
El primero que descubrió Transito es un anciano largo, flaco y desgarbado, con una cabeza calva diminuta para unas orejas demasiado grandes. Viste una siempre eterna bata negra de la que sobresale el cuello blanco de una camisa desgastada. Transito, aquella tarde se pegó al cristal de la ventana para certificar que sus ojos no le engañaban, pero como no lograba distinguir bien al anciano, pidió que le dejaran unos prismáticos, cosa que le fue rechazada, por supuesto, aunque ella no paró de insistir; cosa que le costó varios encierros en la sala acolchada, hasta que una de las enfermeras se apiadó de la joven, y le trajo una tarde unos anteojos de plástico que su nieto había desechado hacía varios años.
Este anciano que ella bautizó con el apodo de “Maestro”, se pasa los días enteros al cuidado de seis muñecos. Todos con pantalones de peto gris y camisa blanca. Son del tamaño de un crío de dos años, de piel oscura, pelo negro y rizado. Los tiene sentados en unas sillitas rojas de madera, y les imparte lecciones durante la mañana y la tarde. Al medio día les pone baberos y seguidamente con todo el amor y paciencia del mundo, los alimenta con una papilla espesa que el mismo hace, y luego termina por comerse. Por las noches, les baña, les pone sus pijamas celestes, vuelve a darles la papilla, y los acuesta en dos camas. El se sienta en una butaca en medio de ambas, donde les lee un cuento, hasta que él mismo cae rendido en la butaca, donde amanece.
“Ojalá mi padre hubiese tenido la misma atención conmigo”, piensa cada vez que lo observa atendiendo a los muñecos.
A “Palillos” lo encontró un lunes. Es un hombre de pelo enmarañado, entre cano, con barba de varios meses sin recortar. Tiene una única ilusión y fijación en su vida, y es construir torres con palillos de dientes. Una vez que las tiene terminadas, las admira y acto seguido, les arrea golpes con los puños cerrados llenos de rabia, y a los pocos segundos ya no queda nada de lo que tardó en hacer varios días. Después de la destrucción pasa el hombre a un estado latente, se sienta en una butaca y se columpia en ella; de cuando en cuando, se detiene, se tira de los cabellos y se guantea la cara. Tras ese pase de violencia ocurre otro de aperreo continuo, en el cual mantiene un monólogo y gesticula con todo el cuerpo, hace continuos cortes de mangas y otros tipos de juegos de dedos y muñecas que cualquiera interpretaría como obscenos.
Hoy es domingo. Transito, en su rincón observa con sus prismáticos. Esta vez está viendo a “Alfombrilla”; una mujer de unos cincuenta años que un día fue rubia, pero ahora tiene el pelo de un color entre gris, amarillo añejo y marrón. No se lo lava y corta desde hace quince años; los que lleva encerrada en su piso desde que murió su único vínculo con el mundo, su madre. Las visitas que recibe son de los repartidores que le traen todo lo que ella lee y se le antoja de la guía de teléfonos. En los pasillos se acumulan filas y filas de cartones, bandejas de aluminio, plásticos, libros, revistas, ropa sucia e innumerables bolsas llenas de basuras; todas perfectamente alineadas y colocadas. Nada tira y nada reutiliza. Hace tres meses murió su gato, uno negro con motitas blancas. Era su única compañía; a quien hablaba, reía, lloraba y derrochaba su amor. Tras dos días de duelo, llamó a un taxidermista para que le disecara la piel del felino. Ahora, frente al televisor apagado, y sentada en su butaca, se pasa las horas acariciando la piel disecada del animal, con una amor y una ternura, que conmovería hasta las piedras.
Transito, está tan distraída viendo a “Alfombrilla”, que no ha advertido la presencia a su lado de una joven interna. Es gorda y bajita como Transito, pero tiene la cabeza diminuta rapada al cero y una larga cicatriz atravesándole parte del cráneo.
―¿Qué miras, Transito?
―Lo que a ti no te importa, Patro.
―¿Me dejas tus prismáticos?
―No me da la gana.
Y Patro se lanza a coger los prismáticos, los aferra con la mano derecha. Ambas forcejean y se golpean, gruñen, se revuelven, pero es tal la fuerza de la gordita calva que finalmente se los arrebata.
―Estarás contenta, Patro. Le has roto la correa.
―Ha sido culpa tuya, por no querer dejármelos.
Patro, se sienta en la silla donde antes estaba Transito y, con una sonrisa triunfante, comienza a mirar por los prismáticos. Toquetea una ruedecita que tiene en el centro, da la vuelta al juguete, los repasa por todos lados y vuelve a mirar por ellos. A los pocos minutos se remueve en la silla inquieta, luego menea la cabeza como afirmando, después inicia un movimiento del tronco hacia atrás y hacia adelante como una autómata. Finalmente suelta los prismáticos, mira a Transito y le dice:
―Tía, ¡Acojonan los de ahí fuera!
―¿Verdad qué sí? Pues ya me estás devolviendo los prismáticos.
A un lado de ambas está la enfermera que se apiadó de Transito y le regaló los prismáticos de su nieto. La viene observando desde hace seis meses. Justo el tiempo que lleva la joven mirando día a día por la ventana con el juguete. Y por más que mira al frente la enfermera, no ve más que el muro del centro psiquiátrico de ladrillos anaranjados, donde algunos ingresados han pintado cuatro churretes blancos y negros; garabatos que si se estruja mucho la cabeza le recuerdan a los que hacía su nieto cuando tenía dos años.
Transito, mira a la enfermera con el rabillo del ojo. Sabe que la vigila; incluido el psiquiatra tan guapo, al que ya tiene en el bote, sobre todo tras contarle en cada sesión, con pelos y señales, la vida del Maestro, Palillos y Alfombrilla. Transito, no llega a comprender, cómo la enfermera o el psiquiatra, no se dignan a mirar por los prismáticos para comprobar que es cierto lo que ella ve. Es más, si solo se limitaran a elevar la cabeza, verían a esas personas donde están; en el edificio situado a escasos metros pegado al muro del centro.
Aunque, Transito, en realidad prefiere que en el centro sigan en la ignorancia de esas personas; que la espíen, que piensen que tiene alucinaciones o que está loca de remate. Le interesa sobre todo no volver a la calle, a su diminuto piso de un barrio obrero lleno de basuras y perros abandonados, y mucho menos a la casa de su padre, ese mal nacido, que ojalá se pudra o se muera en la cárcel.