miércoles, 25 de septiembre de 2019
lunes, 18 de enero de 2016
Aquí estoy con la nueva novela de mi querido primo Ramón Palmeral, gran poeta, excelente escritor y magnífico pintor. EL CAZADOR DEL ARCOIRIS, un libro que os recomiendo su lectura, está disponible en Amanzón, (http://www.amazon.es/El-cazador-del-arco-iris/dp/1517221919) y también en la Librería Europa aquí en Nerja.
En la novela se retrata de manera magistral una saga familiar, escrito una prosa pujante y de una desbordante creatividad, donde aparecen personajes inolvidables que no nos deja indiferentes, anécdotas entrañables y reflexiones de la vida.
Muchísimas gracias y felicitaciones por tu nueva novela, Ramón. Un gran abrazo.
Emoticono heart Emoticono heart
En la novela se retrata de manera magistral una saga familiar, escrito una prosa pujante y de una desbordante creatividad, donde aparecen personajes inolvidables que no nos deja indiferentes, anécdotas entrañables y reflexiones de la vida.
Muchísimas gracias y felicitaciones por tu nueva novela, Ramón. Un gran abrazo.
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lunes, 11 de mayo de 2015
Os presento el relato con el que he ganado el primer accésit del XVI concurso de relatos cortos, "Cosa de Locos" de la Asociación Cultural La Aventura de Escribir.
Mi nombre es Carlos García, tengo diecinueve años y soy estudiante de
Bellas Artes en Málaga. Me hospedo
en una pensión barata cerca del puerto. No es un lugar de esos donde las putas
llevan a sus clientes, sino una casa grande de muebles apolillados y cuadros
oscuros, llevado con limpieza de hospicio por sus dueños, un matrimonio rico
venido a menos. En la pensión los inquilinos suelen durar poco, pues la mayoría
son emigrantes o gente de paso, exceptuándome a mí y un anciano al que llaman “el Cabo”, que ocupa la habitación
contigua a la mía.
El Cabo es un hombre grande, feo y desgarbado, de cara amplia y pálida
que amarillea en las mejillas. Cojea de la pierna izquierda, por lo visto había
sido soldado, pero cayó en desgracia por un “accidente laboral”, que queda algo
oscuro en boca de mi casera. Lleva trajes grises con camisa blanca, y un bastón
de madera negra con empuñadura de plata en forma de garra de león, cosa que le
da un toque de distinción a pesar de su corpulencia.
Es un viejo silencioso y solitario que se queda en el bar de la esquina
hasta bien entrada la madrugada, donde yo suelo ir algunas noches a tomar unas
cervezas. El Cabo bebe largos tragos de aguardiente uno tras otro. Algunas
veces me ha mirado al cruzarnos en el bar o en el pasillo de la pensión,
dejándome la sensación de que quiere decirme algo. Nunca nos habíamos causado
el menor problema, hasta esta noche, claro…
Tras las clases en la universidad, hoy he llegado a la pensión más allá
de las cinco de la tarde, cabreado. Arrojé los libros sobre el escritorio y me
preparé un vaso con ron y zumo de naranja, para animarme, y como no lo conseguí
me hice un par más, hasta que me tumbé sobre el colchón adormilado.
No sé cuánto tiempo habría pasado cuando oí aquellos inquietantes golpes
en la puerta, secos y contundentes. Primero pensé que eran producto de mi
imaginación, pero a los pocos segundos los golpes seguían allí tan persistentes
como al principio. Me incorporé y a tientas me dirigí hacia la puerta. Me dolía
la cabeza y en la boca sentía un amargo sabor a naranjas podridas.
Abrí la puerta y me sorprendió lo que vi. Era mi vecino el Cabo. Esgrimía
el bastón en alto, desafiante, los ojos ensangrentados y un aliento a
aguardiente barato con el que me dijo:
-¡Chaval, hoy estás de suerte!
-¿Cómo dice?
-¡Que hoy es tu gran día! Te voy a invitar a una copa en mi cuchitril -y dicho
esto, me agarró del brazo con una presión tal que pensé que me lo arrancaría.
Yo le insistía en que me había sacado de la cama y estaba francamente
cansado. Pero el Cabo me propinó un empujón, lanzándome al interior de su
habitación, seguido de un “pasa hombre”, que no pude rechazar.
El dormitorio estaba iluminado únicamente por la lamparilla de la mesita
de noche. En el aire había un olor a alcanfor y a añejo que me revolvió las
tripas.
-Oiga, lo siento, pero no me encuentro bien -insistí, y tras decir
aquello, el Cabo me gritó con asombrosa autoridad:
-¡Siéntate en esa silla, soldado! ¿Es que no has oído mi orden? ¿Por qué
me miras con esa cara de pánfilo?
Me quedé petrificado, incapaz de articular palabra.
-¡Te ordeno que te sientes! -insistió, y acto seguido me cogió por los
hombros y me obligó a sentarme.
El Cabo sacó de su armario una botella de anís del Mono y dos copas
pequeñas.
-Ahora vamos a ver de qué madera estás hecho -dijo, y sirvió dos tragos.
A mí nunca me ha gustado el aguardiente, y menos a palo seco, pero hice
de tripas corazón y me lo bebí de un solo trago. Pensé que así me dejaría
tranquilo y podría marcharme cuanto antes, pero para mi disgusto volvió a
llenarlos de nuevo.
-¡Venga, de un golpe, soldado! -gritó y añadió- ¡Por todos mis muertos!
El segundo trago me quemó la garganta. El Cabo quiso volver a llenar,
pero yo puse la mano sobre la copa en señal de que ya había tenido bastante, y
cuando hice intención de levantarme, mi vecino me clavó sus dos ojos negros.
Eran tan enormes y tenían un brillo tan repulsivo que tuve que apartar la
mirada de ellos. Sentía mi corazón
agitado y un rubor extraño en las mejillas.
-¿Es que no te han enseñado modales, soldado?
-¡Yo no soy su soldado!
-Tienes razón, pero al menos por respeto a mi edad no deberías rechazar
mi compañía -me dijo tan apesadumbrado que sentí lástima. Pensé que en el
fondo no era más que un anciano
loco y solitario que buscaba alguien con quien hablar.
El Cabo volvió a su armario, rebuscó y sacó un maletín negro, regresando
junto a mí con un paso firme de militar que me angustió. “La cojera es una
farsa”, pensé, y se me erizó la piel. “¿Qué pretende de mí? ¡Este tío está
loco!” Sentí un leve mareo, producto sin duda del aguardiente ingerido. La
habitación comenzó a darme vueltas… ¿Qué había en la mirada y la voz de aquel
viejo que me tenía paralizado en la silla?
El Cabo depositó sobre mis rodillas el maletín negro, que por cierto era
bastante pesado. Mientras lo abría, un sentimiento de pánico se apoderó de mí y
comencé a imaginar que en el interior de aquel maletín habría toda clase de
instrumentos de tortura. “Me va a degollar, me va a apalear con la garra de
león del bastón hasta hacerme reventar los sesos…”
-Cierra los ojos, chico. Te voy a dar una sorpresa tal que jamás la
olvidarás en tu vida -me dijo, y yo, como un niño obediente, así lo hice.
¿Por qué no salí corriendo? ¿Por qué no grité auxilio? Él era un viejo
loco borracho y yo… ¿Yo? ¡Un débil ¡Un estúpido! Mi padre siempre me lo decía:
Carlos, eres demasiado sensible, te van a dar de hostias por todos lados como
no te espabiles.
El Cabo, para mi asombro, con una gran rapidez
y destreza me ató las manos a la espalda de la silla.
-¿Pero qué hace usted? -pregunté removiéndome
en la silla- ¡Esto será una broma! ¿no?
El viejo me arreó una hostia que me desencajó
parte de la mandíbula. Sentí que me ardía la mejilla izquierda y un chorrito de
sangre comenzó a fluir por mi labio inferior. La habitación comenzó a dar
vueltas y vueltas, sentí náuseas y pensé que si vomitaba me ahogaría en mis
propios vómitos.
-Tranquilo, chaval, si ahora viene lo mejor -me
susurró al oído mostrándome un revólver.
Comencé a temblar, a balbucear súplicas y
ruegos, como cuando era niño y mi padre me zurraba con la correa. Recuerdo un silencio denso y espantoso.
El Cabo fue pasando la punta del frío revolver por mi cabeza y mi mejilla
izquierda, luego descendió por el cuello, hasta llegar a mi agitado pecho.
Entonces de un empujón me arrojó al suelo. Caí de lado y antes de que pudiera
reaccionar ya lo tenía pegado sobre mi espalda. Pegué un alarido con la
esperanza de que alguien me oyera, pero aquello, lejos de ayudarme, fue peor.
Cuanto más le lloraba y suplicaba, más se excitaba. De pronto sentí que el aire
me faltaba y desde el fondo de mis entrañas un rojo, un morado, un negro abismo
se abrió ante mis ojos.
El Cabo acercó su cara babosa a la mía, el
revolver lo tenía pegado a mi costado derecho.
-¿No sientes cómo te sube la adrenalina? ¿No
tienes el corazón alterado, las venas a punto de estallar? ¡Es el espasmo del
placer, chico! ¡Este es tu gran día, en el que te voy a hacer un hombre
hecho y derecho! -gritó, y pasó su
lengua blanda por mi oreja.
Apreté los puños, me revolví y, Dios sabe cómo,
le propiné un rodillazo en la entrepierna y el Cabo se retorció de dolor.
-¡Cabrón! -grité, y todo rabioso le pateé hasta
que me agoté. Su cuerpo quedó inerte, mudo y pesado en el suelo como un gran
saco de patatas.
Volvió entonces el silencio, aterrador y
pesado. Le pegué una patada al revólver, que estaba en el suelo junto al Cabo,
y luego me puse encima de él y lo
zarandeé con rabia, con ira y desprecio, hasta que comprobé que estaba
inconsciente. Entonces caí a su
lado y el aire nuevamente se congestionó en mis pulmones, no queriendo salir.
Todo se volvió rojo, morado, la habitación daba vueltas y más vueltas… Y ya no
recuerdo más, sólo que llegó la policía alertada por la dueña de la pensión.
En su declaración, la señora dijo que se asustó mucho al oír gritos y
golpes en la habitación de un anciano que jamás había dado un ruido, pensó que
le estarían robando.
Me han hecho una revisión médica los de la
ambulancia que vinieron a socorrer al Cabo, pues a éste le ha dado un infarto.
Ahora estoy en la sala de interrogatorios de la policía. El sargento me ha
leído la extensa declaración de la dueña de la pensión y luego ha escrito a
máquina todo cuanto yo le he relatado.
-¿Tiene algo más que decir, Carlos? -me
pregunta el policía.
-No. Eso es todo.
El sargento se levanta, me ofrece un cigarrillo
y yo se lo agradezco. Necesitaba
fumar.
-Carlos, para tu información, la pistola es de
juguete, de ésas que venden en cualquier tienda de todo a un euro, y en el
maletín negro sólo había un montón de revistas pornográficas.
-¿Puedo ir al cuarto de baño? Estoy mareado -le
suplico, levantándome a duras penas.
-Está bien.
Nada más entrar en el baño me miro en un espejo. No me
reconozco. Tengo dos bolsas negras bajo mis ojos violentados llenos de rabia.
Un sarpullido extraño ha invadido mis mejillas. Me tapo la cara con las manos.
-Joder -me digo- ¿Cómo he podido caer tan bajo,
dejándome llevar por el pánico y por un anciano loco?
Ya no deseo la muerte del Cabo, pero sí que se pase lo que le queda de
vida encerrado en un manicomio.
Vuelvo
a mirarme al espejo y pienso que voy a necesitar algo más que unos cuantos
vasos de ron con zumo de naranja para poder conciliar el sueño esta maldita
noche.
martes, 5 de noviembre de 2013
Hoy tengo ganas de ti
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sábado, 11 de mayo de 2013
Enamorarse, Ana Reverte
Nada más bonito que enamorarse cada día de la pareja, de la vida, de los que uno hace...
sábado, 22 de diciembre de 2012
LOS SUEÑOS QUE REALIZARÉ CUANDO TENGA TIEMPO PARA MI
Esta es la Carta
con la que gané el primer premio en el IX certamen literario de cartas, “NerjaMujer”,
convocado por la Concejalía de Igualdad del Excmo. Ayuntamiento de Nerja.
Domingo, 12 de Febrero,
2012
Querida Andrea:
Te preguntarás
por qué te escribo esta carta, habiendo teléfono, facebook, twiter y correo
electrónico. Lo hago así porque siento que es más personal, más íntimo, y además,
¡qué puñetas!, me hace ilusión. Ya sabes que siempre me gustó escribir, pero
que con el tiempo dejé de hacerlo, como tantas otras cosas…
El otro día, cuando
fui a tu casa, me comentaste que ya
habías comenzado con la quimioterapia. Llevabas puesta una minifalda vaquera y
una camiseta celeste, además de una peluca pelirroja y rizada que hacía
resaltar tus bonitos ojos verdes. Estabas tan bella, tan llena de ánimo, tan ilusionada… Tus
palabras expresaban una fuerza interior, fe en la vida y una serenidad que me
emocionaron. Recuerdo especialmente que me dijiste que te había tenido que
pasar esta enfermedad para tener tiempo para ti, ¡todo el del mundo!, y lo
equivocada que estabas antes, que te
creías imprescindible y, que te has dado cuenta que la vida continúa aunque tú
te pares.
¡Me alegré tanto
al oírte decir que ibas a impartir clases de costura en el Centro Campo Amor en
cuanto terminaras las sesiones de quimio! Ya sabes que siempre te animé a que
lo hicieras, pues tenías el título desde que cumpliste los veinte años, y para
lo único que te había servido hasta ahora era para ocupar un espacio en la
pared. Y lo del pelo rojo, Andrea, siempre
quisiste ser pelirroja, soñabas con ello, pero nunca te atreviste a pintártelo
así, por temor al qué dirán, a llamar demasiado la atención… Siempre has sido
tan tímida y has estado tan pendiente de lo que pensaran de ti los demás… Pues
mira por dónde ahora estás realizando tu sueño, y ¡vaya si estás guapa…! Además,
fue muy hermoso eso que me dijiste de
que ahora aprovechabas cada minuto de la vida, y qué nadie debería de esperar a que le sucediera
algo terrible para hacerlo.
Andrea, te agradará saber que te estoy haciendo caso. Lo primero que he hecho esta mañana ha sido
ponerme frente al espejo del cuarto de baño y me he regalado el tiempo de
observarme, pero no para sacarme los puntitos negros, las nuevas arrugas en la cara y todas esas
cosas que nos llaman tanto la atención para criticarnos, no, me he mirado como
no lo hacía desde no sé cuándo, y me he
sonreído; me he abrazado y luego me he
dicho: “Alejandra, tú vales mucho, eres una buena madre, esposa e hija, un ser
especial y una excelente persona, y te mereces un tiempo para ti y para
realizar tus sueños”. No te lo vas a
creer, Andrea, pero al decir eso, se me ha erizado toda la piel; ha sido como
si me subiese una sacudida de electricidad desde la punta de los pies hasta la
coronilla. No te negaré que hasta he llorado, pero Andrea, ha sido maravilloso,
algo único y tan mío e íntimo que aún no me lo puedo creer. Tras eso me he metido en la bañera y me he dado tiempo para mimarme como si fuese
una niña pequeña. Nada de darme los
restregones esos que casi nos desollamos la piel de tan rápido que queremos hacerlo para
terminar pronto, no, esta mañana me he pasado la esponja con delicadeza. Imagínate
que hasta hoy me levantaba con el estrés
ya pegado a las sábanas y me peinaba dándome tirones y arrancándome los pelos,
pensando en cientos de cosas a la vez, con los ojos medio cerrados y con la
otra mano subiendo la cremallera del vestido de mi hija; y si alguna vez abría los ojos y me miraba por
unos segundos lo mejor que me decía era: “¡Por Dios qué pelos tan horribles
tengo y qué ojeras más feas!”
Desde hoy he
decidido quererme. He comprendido gracias a ti que para realizar mis sueños tengo que ser una
persona más paciente y más relajada. Ahondaré
dentro de mí para conocerme mejor, aprenderé a escuchar el silencio, a
respirar. Antes hacía yoga, meditación y escribía. ¿Cuándo y por qué dejé todo eso?
Disfrutaré más de las cosas cotidianas, como por
ejemplo hacer la comida (ya sabes que antes asistía a clases de cocina exótica y vegetariana) era algo que me
encantaba, y mira tú, que desde hace mucho tiempo me pongo de mal humor cuando
hago el almuerzo. ¿Cómo he terminado odiando algo con lo que yo disfrutaba?
Andrea, voy a
retomar las clases de cocina.
Como bien me dijiste, me preguntaré qué cosas me hacen
feliz y me llenaré de ellas. Alimentaré mi mente de pensamientos positivos. Tienes
toda la razón del mundo afirmando que cuantas más cosas buenas atraigamos, más
dicha experimentaremos.
Dejaré de creer que soy indispensable. ¿Cuándo me
convertí en una maniática de la limpieza? ¿Recuerdas que siempre tenía un tira
y afloja con mi madre por cómo tenía mi cuarto de descuidado? En adelante seré
menos ordenada.
Me crearé tiempo libre. Pasearé a solas, practicaré el
silencio en vez de quedarme viendo la pantalla de la televisión sin prestar ni
tan siquiera atención a lo que dicen por estar con la cabeza en siete mil
cosas, regañando por todo a mis hijos y recogiendo su desorden. Ellos ya son mayores y se las pueden arreglar
perfectamente sin mí.
No me pasaré el tiempo pensando en lo que haré dentro de
cinco días, una semana o al mes siguiente. Antes, ni tú ni yo hacíamos planes
para nada y cada día era una sorpresa y una alegría. Qué razón tienes cuando
afirmas que no hay nada peor que estar dándole vueltas a todo constantemente.
Andrea, tú y yo vamos a quedar el sábado que viene
para a ir al spa y hacer un circuito de
esos con masaje incluido, y si el masajista es un chico guapo, mejor que mejor.
Voy a retomar los talleres de escritura, la
lectura a la orilla del mar, recibir la brisa fresca y sentir cómo se me ponen
los vellos de punta, y me estremezco y respiro hondo, para llenarme de energía
positiva y sonreír al cielo azul, a las olas cambiantes, al sol brillante, ese
milagro, ese hermoso sueño, que no me va a reportar más que media hora de mi
vida. ¿Qué día dejé de hacer esas cosas para mí?, como ir los fines de semana al cine, al centro
cultural a ver un espectáculo, a alguna exposición, conferencia o tertulia
sobre las mujeres o la escritura… Tú sabes que eso antes era algo normal en mi vida,
sin embargo, un día, no sé cual, todo
cambió y me volví una autómata que no ha hecho otra cosa que trabajar en mi
negocio, trabajar en casa, cuidar de los demás y un largo etcétera, que ha
convertido mi vida actual en un vivir para los demás y nada para mí misma.
Ahora estoy sentada frente a la ventana de mi
comedor y, mientras te escribo esta carta, veo el atardecer en silencio
disfrutando del espectáculo y el milagro que
son la naturaleza y la vida; además, tengo un folio al lado donde he
escrito una lista con todos los sueños que voy a realizar, y que había
pospuesto desde que dejé de cuidarme yo, para cuidar a los demás.
Gracias Andrea.
Me diste una lección de vida el otro día, sobre todo al recordarme esa frase
que yo había escrito de jovencita en mi
olvidado diario: “No esperes a que llegue el día para realizar tus sueños,
adelántate tú a él, porque mañana puede ser demasiado tarde”.
martes, 13 de diciembre de 2011
FOTO CON EL POETA Y PINTOR, RAMÓN FERNÁNDEZ
Foto realizada en el Mayarín, en Frigiliana, con el magnífico poeta, pintor y conferenciante, Ramón Fernández, que además es mi primo y actualmente reside en Alicante. Entre las muchas cosas le tengo que agradecer es ser mi amigo, mi consejero y haber pintado la portada de mi libro "PALABRAS TRENZADAS".
Ni que decir que soy una admiradora suya de todo cuanto realiza artísticamente.
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